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¡Al único Dios, nuestro Salvador,
que puede guardarlos para que no caigan,
y establecerlos sin tacha y con gran alegría
ante su gloriosa presencia,
sea la gloria, la majestad, el dominio y la autoridad,
por medio de Jesucristo nuestro Señor,
antes de todos los siglos,
ahora y para siempre!
Amén.
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